No, con mamá.


La mayor parte de mi vida me la he pasado sintiéndome invisible. He sido la graciosilla de los corrillos en un intento desesperado de llamar la atención, de dejar de sentir que no encajaba. Supongo que nunca he sido popular ni tampoco he pretendido serlo. Pero siempre he sufrido al pensar que, quizá, yo no era digna de amor, o amistad o respeto; simplemente me costaba sentirme incluida o tenida en cuenta. En fin, podríamos resumirlo en que los niños son muy crueles y en que el sobrepeso y la maldad infantil dejan taras en el alma, pero es una historia larga y mejor nos detenemos en ella otro día.

El caso es que, incluso en los momentos más felices de mi vida, no he podido deshacerme del todo de ese sentimiento de no pertenencia y de soledad. Es como si hablara pero no se me escuchara, como si intentara aportar y no se me tuviera en cuenta. No siempre ha sido así, claro está, pero con mi vista un poco viciada por las malas experiencias, así he seguido sintiéndome.

Y entonces, una personita nacida de mis entrañas empieza a hablar. Y después de veintidós meses de pecho en la intimidad, de noches abrazados y mucha piel, comienza a expresar lo que quiere, y lo que quiere es estar conmigo.
Si se hace daño, me llama.
Si tiene sueño y no logra dormirse, me llama.
Si quiere un juguete al que no alcanza, me llama.
Si no sabe dónde estoy, recorre la casa, abre todas las puertas y me llama.
Y cuando le digo que va a dormir la siesta con papá y me dice "no, con mamá", de repente me doy cuenta. Ya no soy invisible. Para mi hijo, todos los complejos que me han acompañado siempre no existen, no los ve. Él no ve mis kilos ni ve mis inseguridades, no ve mis errores ni mis fracasos, ni nada de lo que alguna vez haya podido arrepentirme. Él solo ve a su madre, a quien le abraza y le besa, a quien le cuida, con quien juega. Él me ve a mí, A MÍ. 

De una forma tan simple y hermosa mi hijo ha curado muchas heridas. Cada vez que pide hacer algo conmigo o me reclama, me está demostrando lo mucho que significo para él aunque a él se le escape aún lo mucho que significa para mí. Él lo es todo y formo parte de su pequeña y maravillosa vida. 
Todas y cada una de las veces que me abraza siento que, por fin, estoy donde debo estar y soy visible para quien debo serlo.


Gracias Noel.

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