Maternidad culpable
Es curioso como, sean cuales sean nuestras circunstancias y el contexto en el que nos movemos, las mamás tenemos muy interiorizado cierto sentimiento de culpa. Quizá no todas las madres, pero en el último año y especialmente con todo lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, somos muchas las que nos sentimos sobrepasadas y culpables.
Culpables por no llegar a todo, por dejar cosas a medias, por no alcanzar los estándares de maternidad perfecta que nos hemos autoimpuesto y que vemos como reclamo de likes continuamente en redes sociales. El teletrabajo nos ha puesto a prueba porque nos ha seguido tocando el papel de educadoras en casa, y el de cocineras, y el de monitoras de tiempo libre. Y si no hemos estado trabajando hemos sentido que no llenábamos las horas con los suficientes juegos, que no sabíamos qué más hacer para entretener a los peques, que no existían ya más platos exquisitos y sanos que cocinar y que ya hacía quince días que no conseguíamos leer ese último capítulo del libro que reposa sobre la mesita. Y algunas arrastramos además la culpabilidad por no encontrar trabajo y por sentir que es nuestra faceta como madres la que ha dado portazo a nuestras aspiraciones profesionales. Adiós vida laboral, hola maternidad a tiempo completo.
Culpables por desear a veces, un poquito y en silencio, la libertad de la que gozábamos antes. Las películas de principio a fin y no en capítulos, las comidas improvisadas y sin prisas llenas de calorías vacías en cualquier antro cerca de la oficina, los ratos de gimnasio o paseos en compañía, los cafés con amigas bañados en conversaciones banales que no se centraran en pañales, biberones, salida de dientes y curas varias. Culpables por echarnos de menos como individuos, por soñar con como era nuestra vida cada vez que nos levantamos habiendo dormido cuatro o cinco horas como mucho.
Pero, ¿culpables por qué? No queremos menos a nuestros hijos por necesitar a veces un respiro. No somos peores madres por hervir unos macarrones y echarles tomate frito porque hoy no tenemos el día y no nos apetece cocinar. No estamos malcriándolos ni abocándolos a una vida de gafas y pantallas por ponerles un poco la televisión mientras intentamos acabar de tender una lavadora o vamos al baño en soledad.
¡Ya está bien de machacarnos! Admito que vivo la maternidad de una forma culpable a todas horas y estoy francamente harta. Siempre cocino, intento que todos los platos tengan verdura, que mi niño coma fruta y que esté sano. Salgo con él al parque a jugar y tomar el sol y en casa nos ponemos a pintar y a hacer torres de bloques una y otra vez. Pero el día que hiervo pasta o frío varitas de merluza rebozada me asola la culpabilidad. Me castigo por no ser capaz de emular a nuestras madres y abuelas todo el día con la casa a cuestas desde el alba hasta el anochecer. Me fustigo por no haber jugado a la plastilina cuando me lo ha pedido porque estaba ocupada con otra cosa. Me arrepiento de haber deseado que se acostara la siesta para estar un rato a solas porque creo que últimamente anhelo demasiado el momento en el que se va a dormir.
¿Soy mala madre? Sinceramente no lo creo. Pero mi afán por llegar a todo me está pasando factura y no debería. Sí, nuestras madres y abuelas tenían la casa impoluta, la comida lista la noche antes y la ropa planchada tras horas y horas invertidas los domingos. Pero, ¿cuánto jugaban con nosotros? ¿era tiempo de calidad? Y si no hay una forma única y perfecta de enfrentarse a esto de ser madre. Y si un sábado nos dedicamos a correr y saltar por la playa libre y felizmente, ¿qué tiene de malo que mi hijo se coma unas croquetas en una terraza allí mismo? ¿qué problema hay si llegamos a casa tarde del parque y decido que hoy no hay baño? ¿es tan terrible no planificar al milímetro la maternidad?
Las redes sociales rebosan tanto postureo, tantas fotos de comida healthy, batidos de espinacas para merendar, niños haciendo mil y una actividades y manualidades, familias felices con salones en los que no parece haber habido jamás un juguete en el suelo, que buscar el reflejo de nuestra maternidad resulta imposible. Pero no debemos hacerlo, porque cada maternidad es única y porque sabemos que la maternidad es caótica, se muestre en redes o no.
Y en ese caos precioso, de ropa sin doblar, juguetes por el suelo, tortilla francesa dos noches seguidas para cenar, nos movemos muchas. Somos las mamás culpables, pero estoy convencida de que si nos paramos a pensar un poco cada vez que asome la culpa encontraremos razones para sentirnos auténticas heroínas. ¿Tenemos niños felices? ¿Se sienten queridos y escuchados? ¿Están bien nutridos? Pues todo lo demás es insustancial y pasajero.
0 glamur y 0 culpa.

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